Aquella casa
Lucía Ferreyra llega a Villallana con su marido, Martín, y su hijo Tomás para comenzar una nueva vida en la casa heredada del abuelo de la familia. Desde el primer día, el pueblo parece observarlos. Los vecinos conocen demasiado sobre su llegada. Las urracas repiten voces humanas. Unas extrañas luces aparecen sobre las ruinas del cerro y alguien llama de noche desde el interior de una casa que debería estar vacía. Cuando Lucía abre su consulta de acupuntura, descubre en uno de sus pacientes un pulso imposible: no late como el de una persona viva, sino que circula bajo la piel como una corriente artificial. Poco después, un matrimonio desaparece en el monte y regresa asegurando que nunca se marchó, aunque sus recuerdos y costumbres ya no encajan. Con la ayuda de un antiguo guardia civil obsesionado con varios casos sin resolver, Lucía empieza a descubrir que Villallana lleva décadas tragando personas. Algunas nunca regresan. Otras vuelven con el mismo rostro, la misma voz y casi todos sus recuerdos. Pero no basta con reconocer a alguien para saber quién es. Cuando aquello que vive bajo el pueblo aprende a imitar incluso a sus seres queridos, Lucía tendrá que confiar en el único lenguaje que todavía no sabe mentir: el pulso.
