La Exomante — La Senda de las Estrellas III
Una novela de Tolmarher
Serie: Continuus Nexus – Sexta Saga
En un rincón olvidado del Eternum, donde ni las máquinas se atreven a soñar, una mujer siente el eco de algo más antiguo que las estrellas.
Mayra no busca respuestas. Las lleva dentro.
Tras la caída de Thyara, un artefacto la guía hacia una estructura imposible, suspendida en la negrura como un pensamiento detenido. Lo que parecía una misión de reconocimiento se convierte en una peregrinación interior. Porque el cilindro no se explora: se revela. Y Mayra no entra en él. Despierta dentro de él.
Mientras la tripulación del Explorador Oscuro contempla con temor lo inexplicable, Mayra se adentra en un templo vivo, entre geometrías sagradas, voces que no pertenecen al tiempo y símbolos que susurran su verdadero nombre.
No es solo poder lo que despierta en su interior.
Es herencia. Es promesa.
Es amenaza.
Y cuando la Exomante abra los ojos…
nada volverá a ser como antes.
Words
35,894 words
Language
Español
Translation
Available ES / EN
Age rating
Suitable for all readers
Chapters
30
Published
2025
Registration
2507222560209
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ESCENARIO: Planeta Thyara, afueras de la Ciudadela de Zirano CUADERNA ESTELAR: Ekron-Dagan, 10199 años estándar, tras la Conjunción El viento llegó primero. No como brisa, ni como soplo, sino como una masa viva, densa y cortante, arrastrando granos de óxido, escamas de sal petrificada y residuos de las viejas tormentas que jamás morían del todo. A ras del suelo, la arena corría como una lengua de fuego seco, reptando entre grietas, hendiendo las botas y los ojos de los hombres que aguardaban la señal. El cielo, si alguna vez fue azul, ya no lo recordaba. Una bóveda anaranjada de gas y partículas opacas cubría todo, iluminada por una luz sucia que no era del todo solar, como si el astro local, harto del mundo, hubiese decidido ocultarse tras un velo perpetuo. Thyara era polvo, y el polvo tenía memoria. En sus torbellinos danzaban los huesos de generaciones que trabajaron hasta la extenuación en sus minas de oro, tragando aire turbio y escupiendo sangre en silencio. El aire sabía a óxido, a electricidad estática, a hierro antiguo. Y ahora, ese mismo aire era el escenario de una revuelta. Desde la cima de la duna fracturada, Kynes observaba la ciudadela. Era un círculo de basalto ennegrecido, levantado en otros tiempos por manos ya olvidadas, con murallas tan altas que no parecían proteger, sino sepultar lo que había dentro. Bandas de tela negra colgaban entre almenas, agitándose como estandartes de luto. Sobre los muros, las siluetas de los soldados crepusculares patrullaban con sus fusiles de plasma al hombro, sombras negras en un mundo sin esperanza. —Es ahora o nunca —gruñó Kynes, sin girarse. La voz, como acero oxidado, se perdió en el viento. A su espalda, un grupo de hombres y mujeres lo escuchaba en silencio. Sus cuerpos mostraban las huellas del trabajo en las minas: piel curtida, ojos hundidos, cicatrices abiertas. Vestían harapos reforzados con trozos de blindaje improvisado, y en sus manos temblaban viejas armas o herramientas convertidas en lanzas. Esquilo se encontraba entre ellos, con el rostro cubierto de polvo y una mirada ardiente clavada en la muralla. Junto a él, Mayra permanecía inmóvil, envuelta en un abrigo de combate de fibras oscuras, los ojos entornados, como si escuchara algo que los demás no podían oír. —Los vigías no han detectado nuestros movimientos por la retaguardia —susurró Esquilo, su voz aún joven pero endurecida por las semanas de insurrección—. Los