Sobre este libro
En los confines del sistema solar, donde el Sol apenas es una estrella más entre la negrura, la nave mercante Anábasis acepta un encargo demasiado bien pagado para ser inocente: recoger unas supuestas muestras geológicas en el cinturón de Kuiper y regresar sin hacer preguntas. Kael Morrow, capitán de la nave y antiguo soldado marciano, conoce el precio de la curiosidad. Por eso no abre los sellos del cargamento. Por eso sigue la ruta marcada. Por eso, cuando los instrumentos empiezan a registrar una interferencia imposible, ya es demasiado tarde. Uno a uno, los tripulantes del Anábasis empiezan a cambiar. Bek Sou deja de responder y permanece inmóvil, mirando una dirección que nadie más puede ver. Liss Varma escribe símbolos matemáticos que no recuerda haber trazado. Orin Tach abandona los controles de la nave, convencido de que la ruta oculta algo que no está en las coordenadas. Draven Cole resiste no por comprender, sino porque su instinto más antiguo le dice que debe golpear antes de mirar demasiado. Y Kael, en lugar de hundirse como los demás, empieza a ver los patrones con una claridad que no le pertenece. Lo que parecía un simple transporte comercial se revela como una trampa cuidadosamente preparada. El cliente no existe. El nombre del contrato pertenece a un muerto. El cargamento no contiene muestras, sino sensores calibrados para registrar una frecuencia concreta. Alguien envió al Anábasis al borde de algo que la humanidad no debería haber encontrado. El vuelo del Anábasis abre La llamada de Tanit con una tragedia íntima en mitad del vacío: cinco tripulantes, una nave vieja, una coordenada imposible y un cilindro silencioso, más antiguo que el sistema solar, que no ataca, no habla y no amenaza. Solo espera. Y quienes se acercan a TANIT ya no vuelven siendo los mismos.
Visitas acumuladas: 102